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12/04/2011 Llegué de Buenos Aires el jueves por la tarde, hace casi exactamente cinco días. Ahora mismo me voy a poner a deshacer la maleta. Lleva casi exactamente cinco días en el salón de casa, contra la pared, completamente revuelta. Cuando llegué la abrí y saqué todo tipo de regalos y recuerdos que traje de allá. Ayer por la tarde saqué alguna cosa que me hacía falta. Pero la maleta sigue ahí, casi completa, toda revuelta, hace casi exactamente cinco días. Me propuse empezar a deshacerla, puse música y me senté en el suelo, sobre la alfombra colorida que compró mi madre en Ikea en mi ausencia. Supongo que en mi profundo ataque de patetismo no encontré nada mejor para escuchar que “Confesiones de Invierno” de Sui Generis al completo. El disco es de mi padre y suena un poco mal. Ella quería amar a un cisne de agua y sal. Hace un ruidito molesto cada unos 30 asegundos. Todo lo que suena es demasiado deprimente y no pega en absoluto con la alfombra de colores y la mesita roja ultra moderna que mi madre también ha comprado en Ikea. Si se comen mi carne los lobos no podré robarles la mitad. Normalmente me gusta pasarlo mal, soy una persona sentimental que disfruta bastante de los malos momentos, me parecen esenciales en la vida. Pero tampoco voy a negar que siempre, en el fondo, sé que estoy exagerando, que ya va a pasar. Y escarbo hasta abrazarte y me sangran las manos. Es como si me tomara una pequeña licencia y, sabiendo que hay que poner un remedio, que hay que hacer algo, que las cosas salen adelante, pido un pequeño tiempo muerto y aprovecho para hacer esos funerales tan necesarios. De cualquier modo siempre sé que en el fondo soy consciente de que me estoy engañando un poquito, que ya va a pasar. Pero esta vez, esta vez, no sé. Hace casi exactamente cinco días que me quedo en blanco, me veo en el fondo del patetismo ese que en principio creo estar buscando para acabar con este funeral, y cuando tengo los ojos llenos de lágrimas y empiezo a notar indicios de mocos digo buenoyaestá, pero no está. Aprendí a ser formal y cortés cortándome el pelo una vez al mes. Intento levantarme y ponerme al fin a deshacer la maleta y recuerdo la cara de culo que tenía horas antes del vuelo, después de cerrar esa estúpida maleta, entre mates que ya me sabían mal, cuando me temblaban las manos y me ardían las orejas. Revolución, revolución, cantaban las furiosas bestias.
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